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“La chambra, una prenda bien constatada en la indumentaria local”

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Nos han dicho que el adulto que congrega al grupo de niños es el maestro don Claudio Sanz y, de la fecha de nacimiento de uno de los representados, cabe deducir que esta fotografía se tomó hacia 1925. No poseemos más información fehaciente sobre la imagen, aunque la observación atenta de la misma y algunos datos procedentes de otras fuentes podrían proporcionarnos algunas conjeturas no demasiado descabelladas.

La identificación del maestro, forastero y recién llegado al pueblo a tenor de su edad, nos permite suponer que los chicos formarían parte del conjunto de sus alumnos. El padrón parroquial de 1915 señala que, en ese año, la localidad cuenta con 3.400 vecinos; que el grupo de niños se limite a diecinueve parece indicar que la fotografía se tomó fuera del contexto escolar. Seguramente la fecha corresponda a un día festivo, pues  el atuendo del maestro es impecable y los niños también aparentan  estar bien arreglados (uno de ellos hasta viste traje). La localización podría corresponder a un paraje sin urbanizar, si nos fijamos en la encina y otro arbusto que ocupan el fondo, el pastizal que se vislumbra a la derecha del tronco de la encina, el bancal que eleva a la tercera fila de niños y hace de asiento para el maestro, que parece ser un murete arruinado de mampostería, y los cantos sueltos que señorean en el primer plano. Hasta que surgió el primer fotógrafo local (Birilo Muñoz) en los años cuarenta del pasado siglo, los profesionales del ramo que ejercieron su oficio en la localidad fueron forasteros que acudían durante los días de feria, cuando se movía el dinero y se multiplicaban las posibilidades de hacer negocio. Así pues, no resultaría improbable que la instantánea se realizara durante la feria (la de junio, puesto que la de Septiembre se instituyó después de la Guerra Civil) y que un hombre, el maestro, alejado de su entorno familiar deseara conservar un recuerdo de su paso por una localidad extraña para él y de unos chiquillos con los que mantuvo algún vínculo en un momento de su vida.

La fotografía nos aporta también una muestra de la vestimenta local durante esos años. De los diecinueve niños implicados, dos llevan jersey de lana, uno luce un traje y al menos once se cubren con una chambra; no puedo reconocer el atuendo de los cinco restantes. Es imposible identificar los diferentes colores que ostentan las once chambras confirmadas, aunque es evidente que oscilan desde matices muy claros hasta gamas no demasiado oscuras. El patronaje también parece variado: con o sin bolsillos, con o sin cuello. Únicamente los botones parecen seguir un modelo más o menos fijo: grandes y de color claro; seguramente de nácar, pues con semejante tamaño los de hueso se romperían con más facilidad.

La chambra es una prenda de vestir que, según parece, surgió en la segunda mitad del siglo XIX y formó parte del vestuario femenino. Su presencia en Agudo se documenta desde 1884, fecha en la que se registra en un inventario de bienes; a partir de entonces continúa anotándose en hijuelas, cartas de dote e inventarios hasta la década de los cuarenta del siglo XX (en los escritos que he podido consultar). En los documentos locales no se especifica si la vestidura es de hombre o mujer, pero sí se indica que algunas son bajeras (interiores), negras, claras, blancas o de color. Al menos hasta los años setenta del pasado siglo, numerosas ancianas vestían una blusa, generalmente sin cuello, a la que ellas denominaban chambra. En cuanto a la versión masculina, por transmisión oral conocemos que hacia 1910 se encontraba bien representada entre los niños (la fotografía parece corroborarlo) y que en los años cuarenta y cincuenta ya se estaba restringiendo su empleo al atuendo de los ancianos. En la siguiente década eran muy escasos los hombres vestidos con esta prenda; los últimos ejemplares en uso se elaboraban con tejidos oscuros, tonos grises casi siempre, eran amplios, largos y presentaban dos bolsillos de parche en los delanteros, semejantes a las que se exhiben en otros lugares del país como muestras de la indumentaria tradicional masculina.

Las gentes de Agudo no hemos querido o no hemos sido capaces de desempolvar el atuendo tradicional, constituido por un elenco de piezas más elaboradas que la sencilla chambra, aunque la fotografía aportada también nos permite reivindicarla como nuestra.

Mi agradecimiento a todas aquellas personas que han puesto a mi disposición el material necesario para redactar este texto. He manejado inventarios, hijuelas y cartas de dote datados en el siglo XIX y primera mitad del XX, fundamentalmente. Los documentos pertenecientes a momentos anteriores han sido escasos, pero me han permitido comprobar los ajuares de la época.

Autor: Isabel Cabrera

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