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Prácticas religiosas de Semana Santa. El Monumento (Isabel Cabrera)

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El monumento de Semana Santa debe su origen a determinados actos religiosos que se realizaban en los tiempos medievales, aunque fueron las decisiones tomadas en el Concilio de Trento (1545-1563) las que propiciaron el esplendor de esta práctica, como consecuencia de la importancia que adquirió la eucaristía en el ámbito católico a partir de ese momento. La finalidad de esta composición, que se monta y desmonta todos los años, radica en el depósito de la hostia consagrada, que se utilizará el jueves santo durante la celebración de los oficios (para aquéllos que anden algo despistados, recordarles que el viernes santo las normas de la Iglesia no permiten la consagración). Muchos templos españoles tuvieron una estructura más o menos compleja que instalaban para la ocasión, otros hubieron de conformarse con un arreglo más humilde, complementado o no con cortinajes que le dieran alguna sensación de profundidad.

En Agudo el montaje del monumento es responsabilidad de los hermanos de la Sacramental desde, al menos, 1607. En junio de 1606 tuvo lugar la refundación de la hermandad y, entonces, comenzaron a anotarse los datos que se consideraron convenientes en los libros cancelarios, que la cofradía ha ido completando durante los siglos transcurridos. En las cuentas de 1723 se citan por primera vez los alabarderos. Se trata de dos de hombres designados para guardar el cuerpo del señor durante el jueves santo; iban equipados con un coleto largo de ante o venado teñidos, calzón y mangas de gamuza anteada, cota de acero, alabarda, máscara de cartón, bolsa de tafetán negro y pañuelo de seda de colores. Estos individuos recibían una gratificación por su participación y el vestuario pertenecía a la hermandad, que disponía de un arca para guardar sus bártulos. Además, los hermanos realizaban un turno de vela durante el Jueves Santo, como ahora. He de reconocer que, cuando leí los libros, mi interés se centró en las fiestas del Corpus y la Octava, por lo que apenas recogí información sobre las celebraciones de Semana Santa; así pues, no recuerdo si se menciona algún tipo de estructura más o menos sólida o el lugar donde se montaba la composición. Continuamente se refieren a las colgaduras que colocaban en la iglesia durante las fiestas; cabe suponer que entre estos cortinajes se incluyeran las veladuras que cubrían todos los altares de la iglesia en señal de duelo (en esta web, la sección de Tomás Muñoz contiene una fotografía del altar mayor que muestra el cortinaje dispuesto para ocultarlo. Año 1966, foto Scan10080).

La contraportada del programa de actos de Semana Santa de este año incluye una fotografía antigua de un monumento. No consta la fecha, pero la disposición de los elementos que integran la composición es idéntica a la que muestra otra imagen que, con el título Scan10078, Tomás Muñoz incluye en su carpeta del año 1966.  El montaje se localiza en la hornacina que actualmente ocupa el retablo de la Virgen del Rosario y acata fielmente dos normas dispuestas por la Iglesia: telas exclusivamente blancas y un mínimo de doce luminarias. Sobre el altar, vestido con mantel blanco, predominan sobre el resto de los ornamentos –pequeños jarrones con flores y algún tiesto mayor ̶  doce candelabros con sendas velas. Los ángeles orantes que flanquean la mesa portan cinco luces más cada uno, acaso con el fin de no parecer mezquinos para con Dios. Ante el sagrario, cuatro cofrades realizan su turno de vela, como hicieron sus predecesores durante generaciones. Un poco más alejados, dos nazarenos realizan la misma acción; la cofradía de Jesús Nazareno se fundó en las primeras décadas del siglo pasado, quizá en ese momento aún quedaba algún recuerdo de los desaparecidos alabarderos y a alguien se le ocurrió que los nuevos hermanos podrían desempeñar su función. El conjunto destila equilibrio, serenidad y, seguramente, devoción, creo yo.

La fotografía que complementa este escrito concierne al monumento del año pasado. Tenía seleccionadas algunas de los años 80-90 del pasado siglo, pero me he decantado por ésta, que me ha resultado de matrícula. Salvo el sagrario y los ángeles orantes, nada que ver con la del programa de actos que comento en el párrafo anterior. Cubre la pared un cortinaje rojo con unas caídas moradas, una combinación arriesgada y, no cabe duda, rompedora, digna de A. Ruíz de la Prada. El altar se cubre con un elegante mantel de color salmón sobre el que señorea un delicado servicio de vino. Una pareja de humildes velas  ̶ similares a las que se ponen a los muertos en el mes de noviembre ̶  a los pies de la peana de uno de los centros florales constituyen, junto a los candeleros de los ángeles, los únicos puntos de luz que se observan en el monumento. Las luces siempre fueron un elemento fundamental en cualquier acto cultual católico; una parte importante del gasto ordinario de la parroquia y de las cofradías se destinaba a la adquisición de aceite y cera. Pero son otros tiempos y las flores han ido apoderándose del lugar que antaño correspondiera a lámparas, cirios, etc. Nada menos que siete coloridos centros  y un arbusto que predominan en el conjunto. Y es que no resulta fácil distinguir si la foto representa un monumento propio de Semana Santa o estamos ante una ofrenda al advenimiento de la primavera. Que las costumbres han cambiado es evidente; lo que no tengo tan claro es que haya sido para mejor.

Autora: Dña. Isabel Cabrera

Nota: El Artículo fue enviado por la autora el día 24 – 3 – 16.

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